Recibir un diagnóstico de cáncer de colon marca un punto de inflexión en la vida del paciente e inicia un proceso terapéutico estructurado. En ese momento surge una pregunta frecuente: ¿qué puedo hacer, además de seguir el tratamiento médico, para mejorar mi pronóstico?
La evidencia científica actual respalda que el ejercicio físico supervisado y adaptado es una intervención segura y eficaz para mejorar la capacidad funcional, reducir la fatiga y optimizar la calidad de vida durante el tratamiento oncológico. Además, diversos estudios observacionales y metaanálisis sugieren una asociación entre mayor nivel de actividad física tras el diagnóstico y menor riesgo de recurrencia y mortalidad en cáncer colorrectal, aunque el tamaño del efecto puede variar entre estudios y no debe interpretarse como una garantía individual.
En el Instituto Viamed de Oncología Quirúrgica Avanzada (IVOQA), entendemos el ejercicio como una intervención terapéutica complementaria integrada dentro del abordaje multidisciplinar del paciente oncológico.
¿Cómo actúa el ejercicio en el contexto oncológico?
El ejercicio oncológico es una práctica física adaptada que busca mejorar el estado fisiológico y psicológico del paciente en todas las etapas de la enfermedad. A diferencia del deporte convencional, se prescribe de forma individualizada para:
- Mitigar la toxicidad de los tratamientos.
- Optimizar la reserva funcional antes de una cirugía.
- Acelerar la recuperación tras la intervención.
- Reducir la pérdida de masa muscular asociada al tratamiento.
La respuesta biológica al ejercicio
El ejercicio no solo implica gasto energético; genera adaptaciones sistémicas relevantes:
Mioquinas
Son moléculas señalizadoras liberadas por el músculo durante la contracción. Algunas parecen modular la inflamación sistémica y la respuesta inmune. Aunque existen datos experimentales prometedores sobre su posible influencia en el entorno tumoral, su efecto antitumoral directo en humanos continúa en investigación.
Sensibilidad a la insulina y eje IGF-1
La obesidad y la resistencia a la insulina se asocian con mayor riesgo y peor pronóstico en cáncer colorrectal. El ejercicio mejora la sensibilidad a la insulina y puede reducir niveles circulantes de insulina e IGF-1, mecanismos biológicamente plausibles por los que la actividad física podría limitar la progresión tumoral.
Inmunomodulación
El ejercicio moviliza transitoriamente células inmunes como linfocitos y células Natural Killer (NK). Se postula que esta activación mejora la vigilancia inmunológica, aunque la evidencia en humanos todavía es heterogénea y dependiente del tipo, intensidad y duración del ejercicio.
Síntomas donde el ejercicio es especialmente relevante
Muchos pacientes reducen su actividad debido a los efectos secundarios del tratamiento, lo que puede generar un círculo vicioso de descondicionamiento físico. El ejercicio adaptado tiene evidencia sólida en:
Fatiga Relacionada con el Cáncer (CRF)
Es una de las intervenciones no farmacológicas más eficaces para reducir la fatiga oncológica.
Sarcopenia
La pérdida de masa muscular es un factor pronóstico negativo en cirugía colorrectal. El entrenamiento de fuerza es clave para preservar masa y función muscular.
Neuropatía Periférica inducida por quimioterapia
El ejercicio de fuerza, equilibrio y coordinación puede mejorar síntomas y función neuromuscular, aunque no constituye una “cura” de la neuropatía.
El modelo IVOQA: cirugía avanzada y prehabilitación
En IVOQA integramos la prehabilitación multimodal (ejercicio, optimización nutricional y preparación médica) antes de procedimientos como hemicolectomías o cirugía de carcinomatosis peritoneal (HIPEC).
Preparación prequirúrgica
La capacidad funcional y la fuerza muscular influyen en la tolerancia quirúrgica. Programas estructurados de prehabilitación pueden:
- Mejorar la capacidad cardiorrespiratoria.
- Reducir complicaciones postoperatorias en determinados perfiles de pacientes.
- Acortar la estancia hospitalaria en algunos estudios.
Los resultados varían entre ensayos clínicos, por lo que se individualiza cada caso.
Cirugía mínimamente invasiva y recuperación funcional
El ejercicio previo mejora la reserva fisiológica, lo que puede favorecer una recuperación más rápida de la función intestinal y una mejor tolerancia a la anestesia.
Protocolos ERAS (Enhanced Recovery After Surgery)
La movilización precoz tras la cirugía reduce el riesgo tromboembólico y forma parte de los protocolos modernos de recuperación acelerada.
¿Cómo debe estructurarse el entrenamiento?
Para que el ejercicio tenga impacto clínico debe estar prescrito bajo criterios profesionales y adaptado a la fase del tratamiento.
Entrenamiento de fuerza
- 2–3 sesiones semanales.
- 8–12 repeticiones por ejercicio.
- Trabajo de grandes grupos musculares.
- Intensidad progresiva según tolerancia. Es fundamental para preservar masa muscular y prevenir deterioro funcional.
Ejercicio aeróbico
- 150–300 minutos semanales de intensidad moderada (por ejemplo, caminar a paso ligero o bicicleta estática).
- Puede iniciarse con sesiones de 10–20 minutos y progresar gradualmente.
Trabajo de core y estabilidad
Especialmente importante en pacientes con ostomía, siempre evitando incrementos excesivos de presión intraabdominal en fases tempranas postquirúrgicas.
El programa debe adaptarse durante quimioterapia, en presencia de anemia significativa, infecciones o trombocitopenia.

El ejercicio no sustituye a la cirugía ni a la quimioterapia, pero sí constituye una intervención terapéutica complementaria con respaldo científico. Integrado en un enfoque multidisciplinar, mejora la capacidad funcional, reduce complicaciones y puede influir positivamente en el pronóstico.
En oncología moderna, el movimiento no es una opción estética ni deportiva: es parte del tratamiento.